Ginebra, 11 de septiembre de 2017

Gracias Hillel, gracias a las organizaciones que hacen este evento posible. Buenas tardes.

Donatella, mi hija, tiene 5 años y es muy inteligente. Tiene el pelo con largos bucles castaños y una sonrisa gigante que ilumina toda la casa. Hace una semana, cuando íbamos de camino al colegio, me dijo como salido de la nada: Mamá, ¿Por qué cuando fuiste a Caracas no trajiste a mi papá escondido en la maleta donde están los juguetes? Joaquín, el mayor, tiene 8. Dibuja historietas en las que Leopoldo López tiene una capa y rescata a Yon en la cárcel política de El Helicoide. Estas escenas ocurren a diario y yo me aguanto las ganas de llorar. He buscado ayuda, he consultado a mi familia, a psicólogos  y a sacerdotes, pero no encuentro manera de explicarle a mis hijos por qué, si su padre es inocente, lleva ya un año preso.

Yo soy Rosaura Valentini de Goicoechea y hace un año me convertí en la esposa de un preso político. Mi esposo, Yon Goicoechea, tiene 32 años, 12 de los cuales ha dedicado a la lucha por la democracia de Venezuela. Hace un año y dos meses, mi esposo fue interceptado en una autopista concurrida de Caracas, por unos 15 funcionarios de inteligencia encubiertos, dotados de armas de guerra. Con mucha violencia, le ataron las manos con cinta plástica y le cubrieron la cabeza con un saco negro. En esas condiciones fue transportado a El Helicoide, la sede de la policía política de la dictadura de Nicolás Maduro. Allí fue encerrado en una celda sin luz ni ventilación natural. Para aislarlo totalmente, la reja de entrada fue sellada con bolsas negras de basura. En el suelo había comida descompuesta con gusanos y trozos de ropa con excrementos humanos. Hacía un calor asfixiante, Yon dice que sintió que lo estaban enterrando vivo.

Fue presentado ante un juez penal, luego de pasar 56 horas desaparecido. Ese fue el único contacto que pudimos tener con él. Se le fue negado realizar llamadas a abogados y familiares y permaneció en la celda de castigo, apodada “El Tigrito” por espacio de 10 días. Su familia no supo nada de él por casi un mes. Fueron días feroces, de miedo, rabia, desesperación y pánico. La angustia me aturdía de tal manera que no tengo recursos suficientes para transmitirla ante ustedes. Miedo, rabia, desesperación, impotencia y, nuevamente, pánico. Esas eran las emociones que me invadían.

Ha sido un largo proceso de aprendizaje, pero hoy estoy más fuerte. Ser la esposa de un preso político es el mayor reto que me ha tocado enfrentar, pero, modestamente, puedo decirle a los venezolanos y al mundo entero, que lo llevaré con dignidad. Nosotros somos una familia de gente luchadora, que ama a su país. Estoy segura de que nuestro sacrificio, el Yon en su celda, el mío de madre sola, el de mis hijos sin padre, servirá para cambiar millones de vidas. Porque yo tengo fe de que lograremos la libertad de Venezuela.

Según un estudio reciente de las universidades Católica Andrés Bello, Central de Venezuela y Simón Bolívar, el Encovi 2016; uno de cada dos niños de Venezuela sufre algún grado de desnutrición. Y el 93% de los ciudadanos han tenido inconvenientes para comprar comida. Uno de las críticas más enconadas y, por qué no, más validas del chavismo era que durante la crisis de los 90 algunos venezolanos habían optado por comer perrarina. Hoy, un saco de perrarina cuesta casi un salario mínimo. La deshumanización es total. ¿Y qué le decimos a los millones de personas que hoy se acostarán con hambre, tan solo con agua en el estómago y con el miedo de no tener que dar de desayunar a los niños al día siguiente? ¿Hay algún consuelo, algún mensaje político, alguna ideología suficientemente fuerte para justificar el hambre de las entrañas?

Hace pocos meses, la Ministra para la Salud de Venezuela fue destituida, luego de que se atreviera a publicar una realidad terrible: la mortalidad infantil ha retrocedido a cifras de 1950. Niños, ancianos y gente en plena edad productiva muere de lo que ya nadie muere en democracia. Una diarrea, un dengue o una fiebre alta, enfermedades hoy sencillas, acaban con decenas de vidas diarias en mi país, por falta de medicamentos esenciales. Hoy quiero traer hasta Suiza, la voz de quienes están sufriendo dolor físico, muriendo de mengua en cualquier esquina de cualquier hospital de Venezuela. Mi esposo está preso para que eso no ocurra nunca más en nuestro suelo.

Mi esposo no es el único. Nuestro líder Leopoldo López, hoy bajo arresto domiciliario, pasó 3 años y medios aislado en una cárcel militar, por el sólo delito de inspirar a millones de venezolanos, por darnos un sueño de La Mejor Venezuela imaginable y por llamarnos a defender cívica y pacíficamente ese sueño, tanto en la calle como con el voto. Nuestro alcalde Antonio Ledezma fue sacado a empujones de su despacho, del despacho que ganó con la mayoría popular, sin siquiera un procedimiento previo. Daniel Ceballos, David Smolansky, Warner Jiménez, Alfredo Ramos, Delson Guarate y Ramón Muchacho, son ejemplos de los muchos alcaldes presos, perseguidos y destituidos por la dictadura. También hay concejales, como José Vicente García, electo por el voto popular, que está preso en la celda de enfrente a la de mi esposo. A todos ellos, el pueblo les devolverá la autoridad que la dictadura militar les ha arrebatado.

Pero yo confieso, que en la cola para entrar a la cárcel a ver a mi marido, bajo el sol que se hace mil veces más pesado frente a esa reja oxidada, sucia y llena de injusticia, lo que más me duele es ver a las familias de los centenares de presos políticos  que ni siquiera son políticos. Me explico mejor, es que en mi país, a un violinista que tocaba el himno en las marchas lo metieron preso. Tal como lo señala el informe preparado por la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, centenares de manifestantes de las recientes protestas, gente normal, gente trabajadora, se mantienen en calabozos y son procesados por tribunales militares, en violación de la Constitución. Ojalá pudiera dibujar para ustedes las caras de los que hacen una cola para entrar a ver a su familia en la cárcel. Esa es la tristeza más desnuda.

Hoy estoy aquí en representación del amor de mi vida, Yon Goicoechea, pero también en defensa de los cientos de presos políticos. En defensa de los millones de venezolanos que estamos presos de la dictadura. En defensa de mis hijos y de los hijos de todos y de todos los que vendrán después de ellos.

Mi familia está trabajando para que Venezuela sea un país de llegadas y no de despedidas, dos millones de venezolanos han emigrado porque los hace huir la criminalidad, el exilio político, la falta de alimentos y de escasez de medicamentos.

Luchamos para que los nietos no crezcan sin sus abuelos y para que mis hijos no crezcan sin sus padres. Yo les ruego a los miembros del Consejo de Derechos Humanos, a la comunidad internacional aquí presente, que nos apoyen. Y ayúdenme a que se conozca el caso de Yon en el mundo. Ayúdenme a tenerlo de nuevo en mi casa, junto a mí.

La oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos propone un camino en esa dirección y organizaciones como UN Watch, Iniciativa por Venezuela y otras tantas de venezolanos por el mundo, no nos han dejado solos en esta lucha. Es hora de que todos los países representados en la ONU se solidaricen con la causa democrática venezolana y dejen de voltear para otro lado y escudarse en la diplomacia.

Viva Venezuela. Viva la Democracia. Que Dios le de fuerza a mi esposo y a todos los presos políticos de nuestro país.

Fuerza y Fe. Muchas gracias.

 

 

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unwatch

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