Discurso leído durante la 9na Cumbre de Ginebra por los Derechos Humanos y la Democracia, el 21 de Febrero de 2017.

Por Alfred H. Moses

Luego de la caída del Muro de Berlín y del colapso de la Unión soviética hace tres décadas, uno creería que hoy nos reuniríamos para proclamar el triunfo de los derechos humanos universales. Tristemente, este no es el caso. Estamos lamentándonos, no celebrando. En este breve discurso me gustaría intentar responder dos preguntas: cómo llegamos a esta situación y qué podemos hacer frente a ella.

Cuando cayó el Muro de Berlín y el Comunismo europeo desapareció, Francis Fukuyama predijo que, con el comunismo derrotado, la democracia liberal se volvería la forma final de gobierno de los humanos, marcando el final de una fase de la historia que comenzó (tomando prestado del idealista alemán, Friedrich Hegel) con el reclamo de la Revolución Francesa por derechos humanos individuales. La predicción de Fukuyama tenía un enfoque estrecho y fue inconscientemente arrogante. Él estaba escribiendo desde la perspectiva de un intelectual occidental que ignoraba el hecho de que más del ochenta por ciento de la población mundial no vivía en Occidente.

Pero aún si nos mantenemos dentro del marco de Fukuyama, los derechos humanos en Occidente no se encuentran en ascenso. Ese tiempo ya pasó. El período feliz del avance de los derechos humanos tuvo lugar inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo aún se horrorizaba con las revelaciones de las atrocidades de la Alemania Nazi, la Italia fascista, el Japón totalitario y, uno debería agregar, de la Unión Soviética (aunque la revelación completa del barbarismo soviético no ocurrió hasta después de la muerte de Stalin).

Inmediatamente después de la guerra, el Comunismo en su rol autoproclamado de campeón de la clase trabajadora, optó por no oponerse a las declaraciones sobre derechos humanos, mostrándose como el libertador de la humanidad en vez de como su opresor, mientras al mismo tiempo se ignoraba la brutal supresión de la oposición a Stalin en la Unión Soviética, real o inventada.

En los días gloriosos de los derechos humanos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el Premio Nobel de la Paz, Rene Cassin fue el autor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esto fue en una época en la que Eleanor Roosevelt presidía la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Tristemente, este también fue el año en el que el mundo perdió a un gran campeón de los derechos humanos, Mahatma Gandhi.

Hubieron logros en materia de derechos humanos en las décadas que siguieron, en particular el fin del Apartheid en Sudáfrica. La imagen de santo de Nelson Mandela sigue fresca en nuestras memorias mientras recordamos sus emocionantes palabras. Como ningún otro líder de otro movimiento nacional, el Presidente Mandela hizo un llamado a la libertad y a la igualdad para toda la humanidad, sin importar su nacionalidad, raza o religión.

Al igual que Rene Cassin, él creía que los derechos humanos eran universales, no particulares. Lo mismo puede decirse del 39no Presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter. Él hizo del respeto por los derechos humanos una parte central de la política exterior estadounidense, reemplazando a la implementación de la realpolitik de Nixon y Kissinger como pilar central de la política exterior norteamericana.

En las décadas que siguieron las cosas empezaron a desenmarañarse, la “particularidad” superó a la “universalidad” mientras el choque de civilizaciones que había sido anunciado por el Profesor Samuel Huntington se volvía una fuerza cada vez más potente en los eventos mundiales. El conflicto que predijo Huntington era entre la civilización occidental y los países musulmanes, dos culturas diferentes con distintas visiones del mundo, historias y religiones.

Durante los últimos siglos la religión había perdido influencia como fuerza política en la civilización occidental. No fue así en aquellas partes del mundo islámico donde seguía siendo una importante fuerza política y un llamado a las armas. Gran parte del conflicto interno del mundo musulmán giró alrededor de la división entre sunitas y chiítas que tiene su origen visiones diferentes sobre el legítimo sucesor del profeta Mahoma.

Pero la intervención occidental en ese conflicto y la condena a los infieles (no musulmanes) de parte del clero islámico llevó a Fatwas proclamando la Guerra Santa o Jihad en contra de Occidente en general, y en contra de países específicos como los Estados Unidos. Ninguno de nosotros puede imaginar una proclamación similar que provenga del Papa, del Obispo de Canterbury o del Gran Rabino de Israel.

En la mezcla también se suma el Tribalismo (con su rígidas creencias sobre la identidad y su código de conducta); el Tribalismo exalta a la particularidad, es decir, a la identidad tribal por sobre otras identidades y rechaza la noción de universalidad o la dignidad del hombre. el Tribalismo, las sectas religiosas extremistas y los grupos ideológicos similares de occidente, como el movimiento supremacista blanco, son las formas más extremas de particularidad.

El Movimiento Supremacista Blanco en mi país y en Canadá distingue a las personas por color, que es un código para referirse a país de origen, una noción rechazada por las enseñanzas judeo-cristianas. No digo que la particularidad esté ausente en los credos occidentales. Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han elevado su propia particularidad por sobre el mensaje de universalidad.

Aún más alarmante que el choque de civilizaciones predicho por Huntington o, como afirmarían algunos, debido al mismo, estamos siendo testigos del giro de occidente hacia un nacionalismo exacerbado, incluyendo en mi país, Estados Unidos. Cuando el Presidente Trump pone su pulgar en el aire y dice “América Primero”, el mensaje es claro. Levanten el puente, mantengan a “los otros” afuera, particularmente a inmigrantes de países musulmanes que un asesor cercano al Presidente Trump describe como una “amenaza al mundo civilizado”, y que por lo tanto no son merecedores de la protección o la simpatía de Occidente.

Los mismos sentimientos se ven en Europa con Marine Le Pen, líder del Frente Nacional de Francia, y en líderes de la extrema derecha en partidos de Holanda y Alemania. En este último, el partido Alternativa para Alemania muy probablemente se convertirá en el primer partido de extrema derecha en entrar al parlamento alemán desde la caída de la Alemania Nazi. Los partidos de ultra derecha también dominan Polonia y Hungría y están ganando popularidad en otros lugares de Europa.

Los expertos nos dicen que los ataques jihadistas en Estados Unidos y Europa probablemente se incrementarán en los próximos años mientras musulmanes empobrecidos del Norte de África y del Medio Oriente crecen en número sin esperanzas de progreso. Algunos de ellos, nos dicen, caerán bajo la influencia de extremistas religiosos que los instan a involucrarse en actos de terrorismo prometiéndoles la salvación eterna como recompensa. La reacción de Occidente frente a los ataques puede alterar el curso de la historia e impactar negativamente las vidas de sus ciudadanos.

Es necesario un llamado a la acción y a la vigilancia para prevenir esta calamidad.

El Particularismo y el Nacionalismo exacerbado están en alza en otras partes. La semana pasada, un artículo del Financial Times describía la represión contra angloparlantes en la república africana de Camerún, lo que representa un claro llamado al nacionalismo y la negación de la igualdad de otros.

La Rusia de Vladimir Putin está al tanto y entusiasmada frente al enfrentamiento que está teniendo lugar en el mundo entre el Particularismo y la Universalidad y busca tomar ventaja de la oportunidad de asistir a la extrema derecha, viéndola como una aliada en la lucha contra los valores universales y los derechos del hombre.

La historia nos ha enseñado que una combinación inteligente entre lo particular y lo universal no solo es posible, es deseable. Nuestras vidas cotidianas están consumidas con lo particular – la familia, la comunidad, el empleo – pero nuestra razón de ser llama a lo universal en nosotros. La marcha actual en sentido opuesto a los valores universales llevará, si no se controla, a la muerte de los derechos humanos.

Esto es ironico. La historia nos ha enseñado que la ausencia de libertades individuales lleva a la decadencia del poder político. En otras palabras, un país solo es tan fuerte como el disfrute que tengan sus ciudadanos de sus libertades individuales que son reconocidas como la propiedad inalienable del individuo. Esos derechos son más protegidos por las democracias liberales que proveen una forma de promover un cambio sin destruir el sistema y sin derrocar a la autoridad y por esta razón es más probable que sean más estables que las sociedades autoritarias o totalitarias. Las democracias liberales, como la tetera, permiten la salida del vapor sin autodestruirse.

A esta altura, puede ser que se estén preguntando si el mundo podrá corregirse. Si tienen fé en la bondad esencial del hombre, la respuesta es sí. Pero este es el tiempo en el que todos nosotros debemos actuar en defensa de los derechos humanos universales y de la dignidad del hombre. Mientras más esperemos, más difícil se volverá la lucha.

Ustedes son héroes de los derechos humanos. Han sido testigos de abusos a los derechos humanos, algunos inimaginablemente brutales. Pero ser testigos, tan importante como es, es solo el comienzo. ¿Qué más necesitamos hacer? Déjenme sugerir algunas cosas.

1.Al condenar abusos a los derechos humanos en sus países, es correcto hablar en nombre de las víctimas y denunciar al opresor. Este es su deber y obligación, pero en el proceso necesitan recordar que los derechos humanos son universales. Ellos pertenecen a todos y cada uno de nosotros. La negación de los derechos humanos a una persona, es la negación de los derechos humanos a toda la humanidad.

2.Las Cuatro Libertades proclamadas por el Presidente Roosevelt – libertad de expresión, libertad de culto, libertad de vivir sin penuria y libertad de vivir sin miedo – son la propiedad inalienable del individuo. Ellas pertenecen a cada uno de nosotros y no pueden ser particularizadas.

3. Reconozcamos que lo particular en la mayoría de sus formas, sea en la práctica religiosa, en el patriotismo o en el espacio comunitario, es más fácil de promover que la universalidad. Enfrentémoslo, la mayoría de nosotros encuentra comodidad en nuestro particularismo, sea celebrando nuestra religión, nuestra nacionalidad, nuestra familia u otros aspectos de nuestra vida privada. Es reconfortante, y a menudo más conveniente, para nosotros el regodearnos en nuestro particularismo que pensar en las nociones abstractas del Universalismo y después ponerlas en práctica en nuestra vida cotidiana. Pero si no protegemos las Cuatro Libertades para todos, ninguno de nosotros será realmente libre.

Sí, los derechos humanos aún importan.

 

Author

Ezequiel

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